Hace pocos días lo hablaba con un compañero de trabajo: Es asombroso ver cómo ha evolucionado la sociedad en el tema del deporte y en la conciencia que hemos tomado todos sobre la importancia que tiene el cuidarse, tanto para el bienestar actual como para el futuro.
Está claro que de seguir así, cambiaremos nuestra cultura casi ancestral de la barriga cervecera y las sobredosis de colesterol, y donde había un bar pondremos un gimnasio, un parque al aire libre con aparatos de hacer ejercicios o una pista de padel.
¿ Sabéis ? Es curioso ver que cuando hablo de este tema con cualquier persona, se le llena la boca hablando de las virtudes de este nuevo estilo de vida que poco a poco muchos de nosotros vamos adoptando. Sí. Pero algo falla. Porque a la vez que ensalzamos la vida sana, también críticamos ciertos hábitos ( siempre de los demás ) que ayudan a mantenerla. Es como si nos fastidiara ver que alguien se cuida más que nosotros, porque hemos decidido que allí donde nosotros ponemos el límite es dónde deberían ponerlo los demás.
Pues bien, lo mismo ocurre con la belleza.
Parece que estamos en una época en la que a mucha gente le gusta ( o le gustaría ) cuidar su apariencia, pero ve con malos ojos que un semejante lo haga o lo quiera hacer. Conozco, de verdad, a mucha gente que se haría tratamientos de estética o de cirugía, pero por temor, verguenza, miedo o imposibilidad económica no lo hacen, y que no dudan en poner miles de reparos o críticas a quien quiere hacerse exactamente lo mismo que se harían ellos. Menuda ironía, ¿ no ?
Así que está claro que el cuidarse hoy en día es un asunto de voluntad y sobre todo, de personalidad. Porque mientras más te quieras cuidar (de una forma saludable, por supuesto) más a vas a ser criticado o ‘aconsejado’ para que no lo hagas.
Es evidente, que junto a esta nueva conciencia del bienestar, debemos evolucionar también despojándonos de tanto prejuicio e hipocresía, de manera que pueda llegar el día en que cada uno de nosotros nos podamos cuidar hasta el punto que queramos, sin tener que saber que tras esa sonrisa que nos ponen por delante, le seguirán ‘malas caras’ por detrás.